Fiebre, ¿y ahora qué?

Fiebre, ¿y ahora qué?

Continuamos con el ciclo de consejos de la doctora Sara Murias Loza. Esta vez nos centramos en algo que nos preocupa a todas las madres y padres, LA FIEBRE.

Sara nos guiará por los distintos mitos asociados a la fiebre en los niños.

Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on email
Share on pinterest
Sara Murias y su libro niño sano, niño enfermo
Sara Murias Loza

Lo primero que debemos saber es que la fiebre, que es una respuesta normal del cuerpo ante determinadas situaciones, ni es mala ni es un enemigo. Sin embargo, la causa de dicha fiebre sí podría ser importante y es lo que debemos intentar averiguar.

Dicho de otro modo, la fiebre por sí sola no es lo que preocupa al médico de vuestro hijo, y lo esencial es indagar acerca de su causa. Plantead que vuestro hijo tiene fiebre ante cualquier pediatra y comprobaréis que, rápidamente, éste deja de lado el síntoma para centrarse en los detalles que lo acompañan: “¿Desde cuándo tiene fiebre?”, “¿Tiene tos, mocos?”, “¿Han aparecido manchas en la piel?”, “¿Tiene diarrea?”.

La fiebre es una reacción del cuerpo ante, casi siempre, una infección. Hay otras causas menos frecuentes, como los procesos tumorales o reumáticos. Pero cuando un niño tiene fiebre, lo más probable es que sea debida a un proceso infeccioso que la mayor parte de las veces no será grave.

A continuación, vamos a puntualizar algunos “mitos” alrededor de la fiebre y veremos cuánto tienen de cierto:

  • La temperatura normal del cuerpo en una persona sana está en torno a 36ºC, décimas arriba o abajo. Por encima de 37 y hasta 38ºC hablamos de febrícula, mientras que la temperatura que supera los 38ºC la consideramos fiebre. Tened en cuenta que esto es así siempre: aunque hayáis comprobado que vuestro hijo suele tener en condiciones normales 35,8ºC, el hecho de que le termometréis 36,8ºC no significa que tenga décimas. El organismo sigue para esto unos parámetros de regulación bastante rigurosos.
  • El grado de fiebre no es un dato demasiado relevante: no por más febril, más grave es la infección. Un catarro común puede presentarse con fiebre alta, de 39,5ºC, y en cambio, un proceso más serio como una apendicitis cursar con febrícula. Cuando acudáis con vuestro hijo al pediatra, consultando por tos, mocos y fiebre, el que tenga una temperatura de 38,2ºC, de 37,5ºC o de 39ºC no nos habla de que se trate de un cuadro más grave o más leve.
  • Me ha dicho el pediatra que mi hijo tiene una fiebre “sin foco”, ¿eso es que no tiene nada? Duda bastante habitual. Para responderla tenemos que explicar a qué nos referimos los pediatras con eso del “foco”. Hablamos de “foco para la fiebre” a aquel órgano o sistema (o parte del cuerpo) cuya infección parece ser la relacionada con la fiebre. Por ejemplo, fiebre y diarrea à foco gastrointestinal. Fiebre e inflamación de una muela infectada por cariesàfoco dentario. Y así todo. En ocasiones, por más que indagamos, no encontramos foco para la fiebre, es decir, el niño tiene fiebre y nada más, y lo llamamos fiebre sin foco; en estos casos, y por sorprendente que parezca, no siempre es necesario indagar más, porque lo más importante al evaluar un niño con fiebre es su estado general. Si el niño tiene buen aspecto y solo parece tener fiebre, no hay que hacer nada más en gran parte de las ocasiones, porque sucederá seguramente que o bien el foco se muestre en las siguientes horas (con “placas” en la garganta) o que la fiebre se vaya por donde vino y asunto resuelto. Otras veces, en cambio, la fiebre persiste y hay que estudiarla. Y esto nos lleva al siguiente punto:
  • La duración de la fiebre no siempre indica gravedad, ni mucho menos. De hecho, una fiebre de muy poquitas horas de evolución puede poner rápidamente al pediatra en alerta (ejemplo: niño con aspecto séptico o de infección grave, aunque no tenga foco) y una fiebre de 4 días (por ejemplo, en un niño con estomatitis herpética) no nos alarma. Dicho esto, los cuadros de fiebre prolongada durante muchos días sin claro foco sí suelen necesitar ser estudiados, para indagar esas posibilidades más raras en pediatría como las enfermedades reumáticas o tumorales.
  • Bajar la temperatura no debe convertirse en una prioridad. Si un nene está febril porque está atravesando una gastroenteritis o un catarro, no debemos obsesionarnos con bajar la fiebre, que está ahí por algo: es un mecanismo ancestral que el cuerpo ha desarrollado para combatir las infecciones. Nuestro organismo es más eficaz luchando contra los gérmenes cuando se encuentra a mayor temperatura. Viene a ser como poner el coche a 120 km por hora: ¿Cómo lo haríais, en segunda marcha o en quinta? …Fácil, ¿verdad? Pues eso mismo necesita el cuerpo, estar “en quinta” para funcionar a tope cuando atraviesa una infección. No obstante, es cierto que la fiebre hace que el niño esté incómodo y molesto, en general. Y hoy en día podemos permitirnos el lujo de bajar la fiebre buscando el mayor bienestar del niño, y tenemos para ello muchas herramientas farmacológicas como el paracetamol y el ibuprofeno, que son fármacos antitérmicos eficaces; pero eso sí, no sirven para curar la infección, que en general curará sola si es vírica y con ayuda de antibiótico si es bacteriana. Tampoco es recomendable envolver al niño en paños húmedos o bañarlo en agua fría: porque es algo muy desagradable para él. Tened en cuenta que cuando está con fiebre su sensación no es de calor, sino de frío; si lo enfriamos más se lo hacemos pasar peor. Lo deseable es una bajada gradual con un fármaco dado por boca, y teniendo en cuenta también que si partimos de 39ºC es probable que la temperatura no baje más allá de 37,5ºC. Y no pasa nada. Lo cual me lleva al siguiente punto:
  • La fiebre alta no hace daño al niño. Ni le produce convulsiones ni otro tipo de daño neurológico. Como decíamos líneas atrás, el organismo se rige por unos mecanismos de regulación exquisitamente precisos, y es difícil que de forma “natural”, por una infección, la temperatura de un niño llegue a extremos peligrosos. Esto sí puede suceder, en cambio, ante un golpe de calor, como puede pasar si un niño se queda encerrado dentro de un coche al sol, y en otras circunstancias similares. Pero por una fiebre “normal”, no.
  • La edad del niño es importante a la hora de valorar la fiebre: esto es algo que todos los padres debéis saber. Cuanto más pequeño es un niño, más inmaduro es su sistema inmune y además menos tiempo ha tenido de haber recibido sus vacunas, con lo que a priori a menor edad mayor riesgo de infección grave. Es por ello que una fiebre en un menor de tres meses debe ser valorado siempre por un pediatra de forma urgente.

En resumidas cuentas: la fiebre es un síntoma que todos nuestros hijos presentarán a lo largo de su infancia, la mayoría de las veces acompañando infecciones de poca gravedad. El grado de la fiebre y su duración no es lo más importante; sí lo son los datos que la acompañan y el estado general del niño. La fiebre ayuda al sistema inmune a defenderse de los microorganismos que causan infecciones, así que tiene mucho de buena y muy poco de mala: ¿que es molesta? cierto, y por eso se puede bajar con medicinas.

Para terminar, lo más importante si hablamos de fiebre es SU CAUSA. Los esfuerzos del pediatra irán dirigidos a averiguarla o, al menos, orientar el cuadro clínico y descartar la gravedad.

 

¿Te ha resultado de utilidad? Te animamos a visitar el resto de artículos en nuestro blog

Llámanos para concertar tu cita o envíanos un WhatsApp

Sabemos que cuando algo te preocupa quieres una solución rápida.

Contáctanos y te atenderemos justo cuando lo necesites.

O si prefieres, rellena el formulario y nos pondremos en contacto contigo aquí